Aprendizajes con la maternidad

MIS 10 GRANDES APRENDIZAJES CON LA MATERNIDAD

Lo primero que te dicen tus amigas cuando les comunicas tu embarazo -después de las enhorabuenas y felicitaciones- es “la maternidad te cambia la vida”.

Y nunca puedes llega a imaginar hasta qué punto.

Al principio tiendes a percibirlo -porque algunas madres y padres así lo transmiten- como algo negativo. Te dicen: “ya no volverás a tener tiempo para tí“, “ya no podrás hacer lo que quieras”, “olvídate de dormir”, “vivirás siempre preocupada”, y un largo etcétera.

O por el contrario, te rindes al entusiasmo de otros padres que te dicen que tener un hijo es la mejor experiencia de toda tu vida, que es algo maravilloso, que compensa todo lo malo, que tu vida se vuelve mucho más plena….

Sin embargo, con el tiempo te das cuenta de que solo hay una verdad verdadera: “no puedes saberlo hasta que no lo experimentas”. Como todo en la vida. Y tener un hijo no iba a ser menos. De hecho este axioma se vuelve más verdad que nunca en la maternidad.

El caso es que sí, tener un hijo te cambia la vida. Pero de manera que nunca puedes llegar a imaginar. Y que cada persona vive de forma distinta.

Es más,  ser madre (o padre) no es algo que se “es” y ya está. No es tan sencillo. Hay muchas y diferentes fases, y somos muchas madres (o padres) diferentes en cada etapa de crecimiento de nuestro hijo.

Al igual que el camino del crecimiento personal, el proceso de la maternidad no es lineal, ni fácil, ni predecible, ni tiene un final.

Es un camino a veces duro, a veces mágico, a veces  “normal”. De hecho, la maternidad es un auténtico máster de crecimiento personal, un taller intensivo de gestión emocional, mindfulness, aceptación, resiliencia, espiritualidad…

La maternidad es un auténtico máster de crecimiento personal Clic para tuitear

Hoy quiero compartir contigo cómo he vivido y vivo la maternidad, y sobre todo, lo que he aprendido (y sigo aprendiendo) gracias a Lua, mi pequeño milagro.

Como siempre digo, aquí no pretendo dar lecciones de nada, sino solo contar mi experiencia desde la honestidad y el corazón.

Este artículo se lo dedico con mucho cariño a mi amiga y pronto mamá (por partida doble) María Mikhailova, ya que su embarazo e inminente maternidad me ha llevado a rememorar aquellos días en los que me convertí en madre, y me ha inspirado para escribir este artículo.

 

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¿QUE ESPERAR CUANDO ESTÁS ESPERANDO?

Cuando después de varios años de intentos, dos abortos y a las puertas de los cuarenta, por fin consigues superar el primer trimestre de embarazo sin complicaciones una nueva dimensión se abre ante tus ojos.

Fueron meses de miedos, dudas, incertidumbre, debilidad, nervios… y al fin superaba -por primera vez- la barrera de las 12 semanas. Esa barrera que durante tanto tiempo vi infranqueable.

Entraba en el segundo trimestre de embarazo más tranquila (no sin miedos), y empezaba una época muy dulce del embarazo. Tenía más fuerzas, me sentía física y anímicamente mucho mejor y desbordaba creatividad y energía.

Fue en esa época cuando empecé a gestar mi segunda criatura, mi blog. 

Estaba llena de inspiración y el nombre de mi futura web , “Camino Inverso”, vino a mí como una revelación.

Fue el segundo regalo que me dio Lua antes de nacer.

El primero fue aprender a cuidarme más, dejar vicios insanos y conectar más conmigo misma para seguir creciendo. 

La parte menos bonita eran la fatiga – que aumentaba a medida que crecía la barriga -, el dolor de espalda, la limitación de movimientos, privarme de un buen jamón ibérico, sushi o vinito, los revisiones y pruebas médicas cada vez más frecuentes, etc. Pero como diría mi amigo Sergio: “detalles”.

Todo avanzaba sin complicaciones, hasta que a punto de entrar en la recta final Lua decide que no quiere darse la vuelta, y prefiere quedarse sentada. Vamos, que venía de nalgas.

Estaba a punto de aprender mi primera lección.

Llegados a este punto del embarazo los médicos alemanes me plantearon dos posibilidades: tratar de dar la vuelta al bebé mediante “maniobras” (ya solo el nombre asusta) o cesárea. Después de conocer cómo se hacían esas “maniobras”, sus riesgos y su escasa fiabilidad decidimos no arriesgar y programar la cesárea.

Al principio fue un duro golpe para mí, porque me había estado preparando para un parto natural, consciente, sin anestesia, que me permitiera sentir todo el proceso y traer a mi hija al mundo de forma lo más natural posible, ponerla piel con piel conmigo desde el primer momento, facilitar la lactancia, etc..

Y de repente ¿cesárea?!! ¿epidural?!!! Ufff, mi mente se descolocó por completo.

Había puesto unas expectativas muy grandes en la experiencia del parto, y de pronto se iban a la mierda. 

¿Cómo iba a vivir ahora el parto? Ya no sería algo natural, estaría privando a Lua de los múltiples beneficios de seguir el curso de la naturaleza, de sentir y estar con mamá nada más nacer, de favorecer la lactancia…

Iba a ser una auténtica intervención quirúrgica. Ya no iba a dar a luz,  sino que Lua iba a ser “extraída” de mi vientre. Me sentía culpable y fracasada como madre. Me di de bruces con mis creencias y mis expectativas.

Afortunadamente, al poco tiempo pude cambiar el enfoque y darle un significado totalmente diferente al asunto.

Me di cuenta de que lo más importante era la salud de Lua. De que sea como fuere, estuviera bien atendida y en cuanto pudiera tenerla en mis brazos darle todo lo que la madre naturaleza me dio para ella.

Me di cuenta de que cuando las cosas no salen como esperamos no sirve de nada buscar culpables, lamentarse o autocompadecerse; de que no hay nada absoluto, no es todo bueno o todo malo, y de que siempre hay que aprovechar  lo positivo y aprender de lo que, aparentemente, es negativo.

Afortunadamente, conseguí reconciliarme con la cesárea programada. Al final y al cabo, me ahorraría las dolorosas contracciones, la incertidumbre de cuándo empezaría a sentirlas, de cuándo ir al hospital, la episotomía, el dolor del parto, de una posible cesárea de urgencia….

Decidí que no había nada malo en mí, y que no iba a haber nada malo en Lua. Todo está bien así, porque así es como tiene que ser. 

Para mí lo importante es hacer siempre todo lo que  esté de tu mano, lo que depende de tí, y no intentar controlar lo que se escapa a tu control.

Yo podía informarme bien sobre el proceso de la cesárea en el hospital de Frankfurt donde iba a nacer Lua, aprender el vocabulario médico clave en alemán, mentalizarme, seguir cuidándome y estar fuerte para cuidar a mi niña lo mejor posible, y  por supuesto darle todo el amor y la atención del mundo en cuanto la pusieran en mi pecho.

 

TODA UNA VIDA EN UN SEGUNDO

Aún recuerdo la primera vez que vi la carita rosa y arrugada de Lua. Ese llanto entrecortado que desató de inmediato el mío (igual que lo hace ahora mientras escribo), y el de su padre, que afortunadamente estaba allí conmigo.

Esas manos diminutas agitándose nerviosas. Todo su cuerpecito despertando a la vida.

Fue sencillamente mágico. Y sí, tal como me habían contado, indescriptible.

A pesar de estar en una fría sala quirúrgica,  de la epidural, de no entender una palabra de lo que decían los médicos entre sí (casi mejor….); a pesar de la extraña sensación en mi vientre durante la intervención, me sentía pletórica y con la enorme sensación de estar viviendo el mejor momento de mi vida (algo tuvieron que ver las hormonas, claro).

Duró solo unos segundos, pero fue toda una vida.

Después se la llevaron.

Y de pronto me invadió un torrente de emociones, pensamientos y sensaciones lideradas por unas ganas locas de tener a mi recién nacida en el pecho.

Tenía la sensación de que yo también había vuelto a nacer. Como si una parte de mí hubiera despertado después de años de letargo.

Las horas y días siguientes en el hospital fueron igualmente indescriptibles. Con momentos de éxtasis de amor y de dolor

Por un lado, esa extraña sensación de estar viviendo un milagro, cada vez que veía su carita, cada vez que sentía su piel con la mía, cada gemido, cada despertar a su lado…. Por otro, el dolor de los puntos, la sonda, el cansancio, el sueño, las visitas y toquiteos de innumerables médicos, la preocupación por la subida de la leche, por su peso….

Segunda lección: Hasta en los momentos más maravillosos de la vida hay dolor y dificultades, y está bien así, cuando entiendes que todo tiene su función. Las rosas tienen espinas para protegerse y asegurar su supervivencia, y no por eso dejan de ser bellas.

 

GESTION DEL CAMBIO

Después dejas el hospital. Y de repente te encuentras en casa, agotada, aún dolorida, con ganas de cenar algo y acostarte.

Te sientas a la mesa y justo cuando estás a punto de tomar el primer bocado el silencio se interrumpe por un llanto intenso, molesto, aún desconocido, que va subiendo de nivel. No han pasado ni dos horas desde que le diste el pecho, y toca “pelearse” otra vez con la pezonera, su boquita, tu pecho, la leche.

-. “¡No puede ser! “ – te dices – “¡ya no voy ni a poder cenar tranquila! Se acabó mi vida para siempre…

Tu pareja te mira atónito y te dice “tranquila, esto es pasajero”. Pero tú en ese momento no lo ves así, para tí es el comienzo de una condena eterna, donde tú ya no cuentas, donde ya no podrás ser libre ni para decidir cuándo comer.

Es un cambio brutal, y realmente en ese momento sientes -influenciada también por las hormonas- que tu vida se derrumba.

Por mucho que hayas anhelado ser madre, por mucho que lo hayas buscado, y por muy duro que pueda sonar, en ese breve instante lo que sientes es algo muy lejano del amor por tu criatura. Incluso llegan voces de arrepentimiento y culpabilidad por no verte capaz de afrontar tu maternidad.

Creo que no soy la única que sintió eso en algunos momentos de los primeros días o semanas de maternidad.

Sin embargo, no es momento de juzgarse, ni culpabilizare por ello.

Al fin y al cabo es un cambio drástico en tu vida, de repente ya no tienes libertada para hacer lo que quieras, ahora hay un diminuto ser que depende -literalmente- de tí para sobrevivir. Ya no eres quien recibe toda la atención y cuidados, ahora pasas a segundo plano. Y eso cambio lleva tiempo digerirlo. 

A mí me ayudó muchísimo repetirme constantemente que esa situación era temporal, que poco a poco la nena iría creciendo y ya no demandaría tanto de mí. Que me iría acostumbrando.

Y así fue.

Afortunadamente,  con el paso del tiempo ese sentimiento se va diluyendo, poco a poco vas asumiendo tu nueva realidad, vas integrando tu parte e identidad de madre en tu vida, y poco a poco vas empezando a verla con otros ojos y empezando a disfrutar de ella. 

Poco a poco te vas dando cuenta de todo lo que te aporta esa diminuta criatura, las dificultades van perdiendo peso, y aunque en absoluto es todo de color rosa, agradeces cada segundo vivido. 

Y continúan los aprendizajes…

 

1) AFAN DE CUIDARME Y ESTAR EN FORMA

Desde que descubrí que estaba embarazada empecé a cuidarme más y a cambiar algunos hábitos.

Aunque no fumaba mucho, dejé de fumar completamente. Dejé de tomar cualquier tipo de bebida alcohólica. Y si bien normalmente comía sano, procuré variar más mi alimentación, introducir aquellos alimentos más beneficiosos para el desarrollo del feto, eliminar los que pudieran ser perjudiciales y tomar los suplementos que me recomendaba mi ginecóloga.

Eso sí, cuando el embarazo ya estaba avanzado y los riesgos supuestamente son menores me regalé alguna copita de vino, y no sabes cómo la disfruté.

También empecé a ser más constante en mi cuidado físico. Salía a caminar al menos una hora todos los días y practicaba yoga en casa primero, y en un estudio para embarazadas después, donde de paso aprendí y practiqué todo el vocabulario relacionado con la maternidad y el parto en alemán.

Investigué y leí mucho sobre los mejores hábitos y prácticas durante el embarazo. Quizá demasiado.

Reconozco que como mamá primeriza a veces llegué a obsesionarme con este tema, aunque afortunadamente mi sentido común siempre estaba ahí para salvarme de la locura.

Después del parto, y sobre todo durante el año que duró la lactancia, continué cuidando mucho mi alimentación y mis hábitos, por ese afán de darle lo mejor a mi niña.

Y puse todo mi empeño en estar ágil, fuerte y en forma. Los primeros habían sido duros, me sentía débil y mi espalda se resentía. Comencé un plan de entrenamiento en casa, y conseguí tener el mejor estado físico de toda mi vida.

Ahí aprendí la importancia de tener un propósito superior a la hora de conseguir objetivos. 

 

2) LA IMPORTANCIA DE HACER EQUIPO Y PEDIR AYUDA

Siempre he sido muy “Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como”. Mi orgullo y una mal entendida obsesión por ser autosuficiente me llevaban a querer hacerlo siempre todo sola, a no pedir ayuda.

Sin embargo, cuando te conviertes en un amasijo de estrés, cansancio, hormonas y estás convaleciente no te queda más remedio que pedir ayuda.

Mi pareja -y padre de Lua- se convirtió en mi soporte. Hacía de psicólogo, cocinero, amo de casa, enfermero, coach, y por supuesto, padre y amante.  Con él fue todo más fácil, y me siento inmensamente agradecida y afortunada de tenerle a mi lado.

El tema de los “papás” es una cuestión delicada. Se que no todos viven la paternidad de la misma forma, y muchas veces no por decisión propia, sino porque son excluidos de la ecuación por las propias madres, que viven su maternidad de forma muy especial y a veces  en detrimento del padre.

Por supuesto, respeto esta forma de entender la crianza, pero  para mí tan importante es el papel de madre como el de padre, principalmente cuidando, atendiendo y siendo soporte de la madre,  pero también compartiendo labores de cuidado, educación y juego con el bebé, luego niño.

Cuando mi pareja y yo estamos en sintonía, involucrados y complementándonos en nuestra relación con Lua, ella  lo percibe y  la armonía y el buen rollo reinan en casa.

Aunque es verdad que en estos primeros meses, e incluso años (dicen que hasta los 3) hay un vínculo mucho más estrecho y dependiente con la madre, para lo bueno y para lo malo.  Si me dieran un día de vida por la de veces que escucho “mamaaaaaaa” sería inmortal…

 

3) SALIR DE MI ZONA SEGURA

Vivir en Frankfurt mientras estaba embarazada y luego di a luz me hizo salir constantemente de mi zona de confort, más aún de lo que ya lo había hecho desde que nos mudamos un año atrás.

Otro idioma, otra cultura, lejos de mi familia… uff. Al principio se hace duro, pero no era la primera vez que lidiaba con médicos y hospitales en otro idioma.

Desde llamar para pedir cita, ir a la farmacia, a las revisiones, la visita a los hospitales para conseguir información sobre el protocolo de nacimiento, hasta hablar con otras futuras mamis en las clases de yoga para embarazadas, y todo en alemán, me dejaban agotada pero me mantenían “en forma”.

Cuando eres madre, aunque vivas en tu país cerca de los tuyos, no dejas de expandir tu zona de confort.  Y cada vez te cuesta menos porque tienes una gran motivación, un gran para qué: tu hija. Y eso es más poderoso que cualquier otra razón. Al menos en mi caso. 

Aprendes a manejar el cambio y la incertidumbre como nadie, y sueltas muchos apegos y creencias que ahora ves absurdas.

En mi caso, por ejemplo, dejé atrás la vergüenza de equivocarme y de preguntar cuando no entendía algo; o el querer tener todo controlado, impoluto y ordenado en cada momento ¡qué liberación!

 

4) CONECTAR CON MI NIÑA INTERIOR

Uno de los grandes avances en mi propio crecimiento personal, gracias a Lua, ha sido conectar con mi niña interior.

Al principio no entendía por qué a veces me sentía mal cuando la miraba, cuando la veía disfrutar, reír a carcajadas o llorar y pedir mimitos de mamá.

Después comprendí que de cierta manera estaba viendo en ella a mi niña interior, a esa niña que durante tantos años dejé desatendida, olvidada, ignorada. Comencé a trabajar mi niña interior, a reconciliarme con ella, a cogerle de la mano y darle todo mi amor.

A día de hoy sigo conectando con mi niña interior cada vez que me siento mal, estresada o enfadada conmigo misma, porque se que son llamadas de atención de mi niña interior.

Gracias a Lua me resulta más fácil conectar con esa niña y darle mi amor y comprensión.  Y no ya solo con mi niña interior, sino con todo mi pasado, con mi yo adolescente, con mi yo joven, con mi yo pareja, con mi yo hija….

Son muchas las heridas del pasado que arrastramos con nosotros y mucha luz que debemos poner sobre nuestras sombras. Clic para tuitear

Con Lua me resulta más fácil ser compasiva conmigo misma, con mi pasado, y desapegarme de mi “yo idea” y mi “yo ideal”, para aceptar y amar todo lo que soy.

5) MI MEJOR ESPEJO

Recuerdo unos días que Lua estaba especialmente irascible, llorona, mimosa y desobediente. Me exigía estar continuamente a su lado, dándole cariño, entreteniéndola… ni siquiera quería despegarse de mí para dormir. Fueron días más agotadores de lo normal.

Mi primera reacción fue de enfado, de ira, de querer controlar la situación. No entendía por qué, por mucho que hiciera, nunca era suficiente.

Recuerdo que estaba tan frustrada y agotada que recurrí a una terapeuta especializada en maternidad consciente. Quería deshacerme de esa ira, quería poder controlar mis impulsos y darle lo mejor de mí a Lua.

Entonces aprendí a gestionar esa ira. Había algo dentro de mi que estaba gritando atención, igual que la estaba reclamando Lua. Hice mis deberes, me escuché, comprendí lo que pasaba y lo solté.

Sentí un alivio tremendo, me reconcilié con una parte de mí que tenía olvidada, y casi por arte de magia Lua empezó a estar más tranquila, más independiente, de mejor humor.

Esa fue la primera vez que me di cuenta de que, aparte de la conexión que nos une, Lua está continuamente haciéndome de espejo de esas zonas que tengo desatendidas, esas heridas que tengo que sanar, esas emociones que tengo que gestionar y liberar.

Hace poco leí, mientras me formaba en Transgeneracional, que si quieres sanar a tu hijo (física o emocionalmente) has de sanarte tú. Doy fe de que realmente es así como funciona. Tal es la conexión entre padres (especialmente la madre al principio) e hijos.

Si quieres un hijo sano, sánate tú. Clic para tuitear

Sencillamente transformador. 

6) RECONCILIANDOME CON MIS PADRES

A medida que vas aprendiendo más de tí, que vas superando etapas en la maternidad, y te vas reconciliando con tu propio pasado, llega un momento en que te toca trabajar tu relación con tus padres, especialmente con tu madre.

Empiezas a comprender muchos comportamientos, a ver hasta qué punto hicieron lo que pensaron que eran mejor para tí en ese momento. Ahora que soy madre, me doy cuenta lo difícil que es tomar la decisión correcta.

De hecho, no hay decisiones correctas, y eso es precisamente lo que gracias a Lua he comprendido.

No ya solo para perdonarles, porque sinceramente no creo que tenga nada que perdonarles, sino muy al contrario, he conectado con un agradecimiento infinito por haberme dado la vida, por haberme inculcado los valores que tengo, por haberme dado todo lo que creían mejor para mí, y por haberme hecho quien soy ahora. Sin ellos no sería quien soy ahora.

Cuando dejé de sentir reproche y  en un momento dado fui consciente de ese profundo agradecimiento no pude evitar explotar en llanto.

Una sensación de amor infinito y paz me envolvió, y al mirar a Lua (que me miraba curiosa) creí encontrar en sus ojos una mirada de complicidad, de “todo está bien, mamá”. O quizá solo fuera mi imaginación. La imaginación de un madre en pleno estado de “éxtasis” emocional es desbordante, jajaja.

Cuando eres madre conectas con un profundo agradecimiento hacia tus padres. Al fin comprendes por qué hicieron lo que hicieron. Clic para tuitear

No se si para reconciliarte con tus padres necesariamente has de ser madre, pero desde luego en mi caso ha sido determinante.

 

7) MI ESCUELA DE MINDFULNESS

Sin duda uno de los grandes aprendizajes que me ha dado Lua es la presencia.

Siempre he tendido a la multitarea, a querer hacer mil cosas a la vez para aprovechar el tiempo (aunque  en realidad, al final acababa perdiéndolo por falta de foco). 

Al principio me desesperaba cuando “por culpa de Lua” no podía hacer todo lo que quería hacer. Tenía mil ideas en la cabeza, más energía que nunca, y estaba deseando que Lua se durmiera para ponerme en marcha…

No es así como una se imagina a una madre ideal ¿verdad? (Si eres madre estarás asintiendo con la cabeza).

No estoy orgullosa de ello, pero tampoco lo oculto ni me culpo por sentir lo que sentía. 

Sin embargo, todo tiene un límite. Y yo llegué a un punto en el que no me gustaba nada cómo estaba relegando a Lua a un segundo plano. Darme cuenta de cómo me estaba comportando fue muy duro. Pero me hizo darle la vuelta a la tortilla y aprender a disfrutar mucho más de mi hija y a la vez ser más productiva.

Aprendí a estar cien por cien presente con Lua, a practicar la atención plena cuando estaba con ella.

Esos momentos de “sólo Lua y yo” me llenaba de amor, de alegría, de paz. Cuando retomaba mi trabajo o cualquier otra actividad me enfocaba también cien por cien en cada tarea, y cuando estaba con Lua sacaba todo lo demás de mi cabeza.

Eso es algo que se aprende, que se practica, que se entrena día a día. No es algo a lo que se llega sin más, aunque en mi caso me di de bruces con las consecuencias de descuidar mi papel de madre consciente.

 

8) EL SITIO DE MI RECREO

De hecho, pasé de “estar” con Lua a disfrutar realmente de y con ella.

Cuando tu bebita empieza a ser consciente de sus movimientos, cuando quiere investigar,  cuando empieza a interactuar, a decir sus primeras palabras, a observarte y repetirlo todo, a probar sus primeros juegos y te involucra en ellos es mágico.

Y entonces mis momentos con Lua pasaron a convertirse en mis momentos de conexión con mi parte divertida, juguetona, curiosa, inocente.  Y conectando con esa parte mía automáticamente conecto más con ella. 

Sigo alucinando con la gran conexión que existe entre madre e hija, más allá de lo racional, de lo aparente, incluso de la distancia.

Lua me ha enseñado a equilibrar todas mis partes o identidades (niña, madre, empresaria, profesional, mujer…), a encontrar momento para todo, y darlo todo en cada momento.

Un hijo es la mejor escuela de Mindfulness. Clic para tuitear

Es mi gran maestra de Mindfulness, el gran arte de vivir aquí y ahora.

9) NUEVAS HABILIDADES Y CAPACIDADES

Ser madre también hace que desarrolles habilidades que nunca imaginaste.

En mi caso, nunca pensé que podría desarrollar mi paciencia hasta niveles insospechados. Que seria capaz de aguantar pacientemente un día de pataletas sin que la ira me domine; que soportaría noches en vela y lloros descontrolados con serenidad y entereza; que pudiera repetir lo mismo cientos y cientos de veces….

Con Lua he descubierto que no “soy” una persona impaciente. Y es que tendemos a identificarnos con características de nuestra personalidad desarrolladas en un momento dado. En mi caso, siempre me he considerado una persona nervios e impaciente.

Ahora me doy cuenta de que no “soy” impaciente, sino que nunca había encontrado motivos suficientemente fuertes para desarrollar mi paciencia.

No tenemos defectos, sino cualidades por desarrollar. Y la maternidad es un curso acelerado para hacerlo Clic para tuitear

De igual forma que gracias a Lua he desarrollado la capacidad de comunicarme de forma asertiva, firme pero cariñosa, respetuosa pero sin transigir.  Y no solo con ella, ahora me comunico mejor en general, abandonando el papel de víctima y también el de inquisidora.

He aprendido a incorporar la planificación en mi día a día, algo que siempre identifiqué con aburrimiento y contrario a mi necesidad de variedad. Nunca me gustó, por ejemplo, planificar algo tan básico como la comida del día siguiente. Ahora no me queda más remedio que planificar el menú semanal y cocinar con antelación. Y así con todo.

He descubierto que soy más fuerte de lo que pensaba, y he superado situaciones que hace tan sólo unos años me hubieran parecido imposibles de afrontar.

He aprendido lo que es el compromiso, y el enorme poder de la perseverancia

He aprendido a relativizar, a no ver todo como blanco o negro, sino como aprendizajes de mi camino.

He aprendido a confiar, en mí y en la vida.  Me he dado cuenta de que cuanto más queremos controlar la situación más se nos escapa de las manos.

He aprendido a seguir más mi instinto que lo que dicen los libros. A soltar creencias, apegos, miedos….

Pero sobre todo, he descubierto el enorme poder del amor. He aprendido a amar de forma realmente incondicional, mas allá del deseo de dominar y controlar a los demás, de que nos quieran como queremos que nos quieran, de necesitar que el amor  que damos se vea correspondido.

He aprendido a experimentar el amor dándolo.

Un hijo te enseña lo que es el amor incondicional, cuando experimentas el amor dándolo. Clic para tuitear

Y por último, he aprendido que nada es perfecto, ni mucho menos yo, y está bien así.

 

10) NUESTROS HIJOS NO NOS PERTENECEN

En definitiva, la maternidad te cambia la vida, sí, pero no como yo creía que lo haría. 

Y eso es lo maravilloso de la vida, que no deja de asombrarte (si te dejas).

Ahora comprendo que Lua es mi gran motor, pero no el único. Pretender lo contrario es poner una responsabilidad sobre sus hombros que no le corresponde.

Ella no ha venido a este mundo a salvarme, ni a hacer que yo me sienta realizada, sino a vivir su propia evolución, su propia realización, y mi papel no es otro que facilitarle un entorno propicio para ello.

 

En definitiva, la maternidad tiene sus cosas “buenas” y sus cosas “menos buenas”, y como en la vida en general, no existen verdades absolutas ni caminos correctos o incorrectos. Se trata de vivirla como cada uno entiende que debe o puede hacerlo. Pero si la vives desde la consciencia y el desapego puede llegar a ser una experiencia realmente transformadora.

Y tú mamá, ¿te sientes identificada en algo de lo que te he contado? Me encantaría conocer tu experiencia y tu sentir sobre ello.

 

Maite Gómez
maite@caminoinverso.com

Mi misión es ayudarte a encontrar tu propio camino, a transformar tu vida desde dentro, para que empieces a vivir una vida plena y con sentido. Creo en el poder transformador de la acción y en el miedo como motor de cambio y crecimiento.

4 Comments
  • SERRANA BARCELO
    Posted at 20:45h, 29 junio Responder

    Wow!! Una vez más me siento absolutamente identificada con cada palabra expresada, cada sensación y sentimiento. Y también me viene bien una vez más porque estoy atravesando un duelo por mi padre que desencarnó, y mi hijo está atravesando el de su abuelo, por lo cual estamos en una etapa de nuestra relación en que no tengo la paciencia que necesitaría ni la contención que mi niño se merece le de, al leer esto me siento mejor. Estamos los dos haciendo lo mejor que podemos pero en mis manos está sanar para que él pueda liberar esa angustia que camufla tras su rebeldía. simplemente gratitud infinita por abrir tú corazón Maite!!! Te abrazo desde Uruguay.

    • Maite Gómez
      Posted at 13:20h, 12 julio Responder

      Hola Serrana,

      siento mucho la despedida de tu padre, y de verdad espero que estés llevando el duelo tuyo y de tu hijo desde lo que tu corazón te permita, sin presiones, ni culpas ni reproches. Por muy conscientes que seamos, tendemos a machacarnos sin medida, y a culparnos por no tener la actitud o capacidad que se supone que tendríamos que tener.

      No sabes lo que me llenan siempre tus palabras, que me impulsan a seguir compartiendo desde el corazón y sin miedos ni filtros.

      Te mando un abrazo muy muy fuerte. Y espero que la relación con tu hijo mejore a través de tu sanación personal. Me encantaría que me contaras tu experiencia.

      Abrazo!!

  • Carolina
    Posted at 15:36h, 30 junio Responder

    Wow que palabras más poderosas ! Me siento identificada con los primeros aprendizajes, ya que me he estrenado como mamá hace 3 semanas solo… Y mi vida ha dado un vuelco tremendo, el cual estoy digeriendo aunque por tantas emociones, a veces siento que no estoy disfrutando de esta primera etapa y ahí voy en este camino infinito que ha despertado todos mis peores miedos por esa pequeña niña que no planee pero que por nada cambiaría y repetiría sin duda…. Todavía no creo haya estado dentro de mi tripa por esos cortos meses…. Gran artículo y gracias por ser tan sincera. Saludos !!!

    • Maite Gómez
      Posted at 13:27h, 12 julio Responder

      Hola Carolina,

      lo primero, ¡enhorabuena por tu maternidad! Desde luego es un cambio enorme, y cuesta digerirlo al principio, porque como dices se despiertan muchos miedos, inseguridades y heridas del pasado. Pero es el camino de crecimiento más bello del ser humano, y especialmente de las mujeres. Aunque lamentablemente nos bombardeen continuamente con mensajes de lo que se supone que es la maternidad ideal, de lo que se supone que deberíamos sentir, que nos provocan culpas, reproches y más dudas aún…

      Espero que poco a poco vayas encontrando tu propio camino en la maternidad, y puedas disfrutar de este maravilloso camino, con sus luces y sus sombras. A mí lo que más me ayudó fue repetirme en los malos momentos que es solo una etapa, que lo mejor está por llegar, y que haga lo que haga siempre estará bien si actúo desde mi corazón y mi intuición.

      Enhorabuena de nuevo y mil gracias por compartir tu experiencia conmigo!

      Un abrazo fuerte!

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